jueves, 26 de marzo de 2009

Necia nostalgia




Sólo se puede ser cursi al hablar del muelle de Puerto Colombia. Yo me inventé, en ese muelle, mi crisis existencial de adolescente. Me iba caminando hasta la punta, veía el atardecer y esperaba a que oscureciera, que era lo más bonito, porque todo era totalmente negro, no había adelante ni atrás, solamente estrellas y mar, y la sensación conmovedora de un mundo profundo e inconmensurable.
La caída del muelle nos despierta algo que, según escuché hace poco, es una clásica nostalgia barranquillera (nostalgia que cómo podemos ver en el párrafo anterior, está a un paso de la cursilería). Yo nunca habría caracterizado la ciudad así, porque Barranquilla es una sociedad abocada hacia el futuro, pero me di cuenta que había mucha razón en decirlo. Los barranquilleros llevamos muchos años añorando la ciudad que fuimos antes de los cincuenta, esa ciudad cosmopolita, ingeniosa y esperanzada. Esa Barranquilla de los cincuenta era una ciudad sin pasado que sólo miraba hacia el progreso. No sabemos manejar nuestros recuerdos porque nunca nos interesaron en realidad. Como no tenemos los rancios abolengos cartageneros nuestro orgullo viene de lo nuevo, de lo que vendrá. No está de más decir, cada tanto, que tuvimos el primer radio, y contentarnos con eso.
Como recordar un pasado incierto no ha sido nunca la prioridad de la ciudad, escogimos la forma más cómoda del recuerdo: la nostalgia. La nostalgia se ha convertido en nuestra forma natural de manejar la memoria. Se sienta con una cervecita a pensar y sentir la brisa. Eso nos encanta. Mientras el muelle se cae nada nos quita la cara de foto, la mirada al infinito, y la anécdota reveladora. Tiene la ventaja de que se ve muy bien, y no hay que hacer nada, por eso se nos ha vuelto un delicioso vicio con el que dejamos pasar la historia de la ciudad.
Barranquilla vive de eso y llora al muelle como suyo, aun cuando fue precisamente la construcción de bocas de ceniza lo que desencadenó su larga muerte. Adoptamos el muelle en nuestra nostalgia porque es símbolo de la llegada de la modernidad y de múltiples migraciones, los dos pilares sobre los que se construye el orgullo de la ciudad. Orgullo que en cualquier momento se lleva la brisa, porque la estructura mental de la ciudad es igualita al muelle, descuidada, porosa y nostálgica. El muelle caído es una alegoría bastante cruda cómo para pasarla por alto.
Los intentos para su restauración se dilataron en el tiempo y muchos tuvimos la sospecha de que, con la tal restauración iban a plastificarle el aura como se hizo con el Castillo de Salgar, que paso de vestigio romántico de la conquista a salón de eventos con aire acondicionado. Ante eso yo prefería que se lo llevara el mar. Ahora que el mar se lo llevó, su caída llama la nostalgia llama con intensidad orgásmica porque es un tótem de nuestras glorias pasadas.
Entender a Barranquilla como una ciudad nostálgica explica muchas cosas. Explica porqué la ciudad se ha caído frente a nuestras narices, mientras recordábamos las fragantes mujeres francesas (¿eran realmente tan fragantes? Es decir… ¡eran francesas!) y el color de los sombreros Borsalinos de los italianos. Recuerdos todos idealizados en una nostalgia brumosa que los desdibuja, no los mantiene.
A mí me dio duro que se cayera el muelle pero me gustaría no sentir nostalgia. Sospecho que esta nostalgia es un poco pastiche, un poco necia, un poco una oportunidad farandulera para verse profundo y circunspecto. Prefiero sentir culpa, como si el mar nos hubiera pegado un regaño por recordar sólo de dientes para afuera un pasado que llevaba tanto tiempo silencioso. El muelle de puerto Colombia se cayó el sábado, pero se había callado hace rato. Era una voz ahogada por la que siempre fue más glamoroso no hacer nada.

Tu amor; un periódico de ayer


Publicado el 13 de marzo de 2009 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.

Siempre hay alguien que defiende el papel. Cada vez que los impresionantes índices de crisis de la prensa impresa nos obligan a preguntarnos si el papel está destinado a desaparecer, alguien dice “no, el papel no morirá”.

Entonces, con un romanticismo victoriano, ese alguien habla de su olor, de su textura, de la tinta, de la tradición. Dice, que es portátil, que lo puede subrayar, apropiárselo, en fin, virtudes que la tecnología ya reemplaza con creces. Cuando se contrasta este argumento con el gran daño ecológico que significa la industria del papel, el gusto por el impreso parece de una aristocracia manierista y ridícula.

Una campaña estadounidense para estimular la lectura de prensa impresa define al periódico como “el primer dispositivo de información portátil”, y existen varias organizaciones como www.newspaperproject.com, que nos explican, vía web (para mayor ironía), porqué el impreso es indispensable. Lo que parece más desesperado de estas campañas es que el impreso se ha aliado con los medios virtuales pensando que si no puede con su enemigo debe unirse a él, y esta posición es una franca derrota. La industria editorial impresa se enfrenta hoy en día a 3 problemas: el primero es que casi toda la información en internet es gratuita, y accesible en cualquier parte, el segundo es que la gente lee cada vez menos y se desespera cada vez más rápido con un texto largo, si acaso se enfrenta con alguno, y el tercero es que no sólo el papel es carísimo, su competencia directa, internet, es prácticamente gratis en comparación. Ni siquiera hablar de las ventajas milenarias del periódico para la justa meditación en el baño resulta un argumento viable. Hoy en día se empiezan a desarrollar aparatos como el Kindle (dispositivo de lectura, que es a los libros lo que fue el Ipod a los cd’s), perfectamente portátil y permite cargar una biblioteca entera en un solo dispositivo.

Mientras los periódicos en internet cumplan las mismas funciones de los periódicos impresos estos últimos están destinados a morir. Dicha muerte puede ser una ganancia. Durante mucho tiempo se pensó que un buen artista era aquel que podía representar la realidad lo más acertadamente posible en medios plásticos, como la pintura y la escultura. El arte de este entonces era útil, permitía la creación y reproducción de imágenes. Con la aparición de la fotografía muchos pintores fueron reemplazados y se vaticinó, como ya había pasado en el Romanticismo, la muerte de la pintura. Lo que sucedió fue maravilloso: superado el problema técnico de la reproducción de la imagen los pintores empezaron a reflexionar sobre el material, el soporte y la forma en que veían el mundo, de ahí nacieron el Impresionismo, el Fauve, el Expresionismo en fin, todas las vanguardias del siglo XX. La fotografía fue un avance técnico que liberó a la pintura de una función técnica y utilitaria, la Internet, podría ser lo mismo para los medios impresos.

La muerte de la prensa impresa como la conocemos es irremediable pero también es algo liberador. El impreso debe convertirse en algo que realmente no pueda ser reemplazado por internet. Las noticias escuetas y claras están cubiertas por la red, que tiene la ventaja de ser inmediata. Las noticias impresas tienen la desventaja de que son costosas y su vida es corta: nadie lee el periódico de ayer. La prensa impresa ya no se necesita para informar, la prensa impresa es un artículo de lujo que debe entenderse a sí mismo como tal, explorar sus posibilidades; de diagramación para proponer algo que no pueda encontrarse en internet, de análisis para exigir un tiempo propio, y de gran virtud: ser un objeto, tridimensional, palpable, mucho más que información.

Aunque no puedo imaginar todavía cómo serán los impresos del futuro, puedo decir que su ganancia está, no en la información que contienen sino en su valor como objeto, (de lujo, de fetiche, de memoria). La prensa impresa como objeto se ha desligado de su contenido. La añoranza por el papel es válida, pero la añoranza de las noticias impresas es tonta, porque la función del periódico como soporte de información es obsoleta. Los periódicos deben encontrar una función en sí, que los redefina como objeto de colección y consumo, y olvidarse de lo que fueron una vez, para no tener un problema tan indigno como la competencia con un medio advenedizo, pero tremendamente eficiente: la Internet.

viernes, 13 de marzo de 2009

Libertad u orden



Publicado el 27 de febrero de 2009 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.
SI YO FUERA TODOPODEROSA, QUErría ser omnisapiente porque el conocimiento garantiza la permanencia del poder.
Tal vez, precisamente por eso, Dios es omnisapiente, y nos dicen que él siempre sabe si nos portamos bien o mal, y no nos desampara ni de noche, ni de día. Su omnisapiencia nos da seguridad. También nos da orden: ante una presencia que lo sabe todo, uno se ve obligado a autorregularse constantemente, hasta el punto de incorporar, como propias, ciertas reglas. Mi bisabuela, por ejemplo, procuraba no mirarse cuando se estaba bañando, y probablemente tiraba con la luz apagada para evitarse problemas que pudieran negarle su visa al cielo. Dios, morbosamente, seguro que sí la miraba.

La aterradora idea de un dios que nos espía para asegurarse de nuestro buen comportamiento es la misma del panóptico de Jeremy Bentham. El panóptico es la utopía arquitectónica de un régimen: un modelo de cárcel en el que se puede vigilar todo desde un punto sin ser visto, al mejor estilo de Dios. Para Bentham, esta pequeña y maravillosa cárcel podía ser empleada como recurso para toda una serie de instituciones, incluido, claro, el Estado moderno. Hoy en día las cámaras, la internet, el live feed y las llamadas chuzadas han convertido el panóptico en un dispositivo tecnológico indispensable. La forma como la sociedad moderna se regula.

Para que el modelo del panóptico pueda ser adoptado por un Estado hay que asumir que los integrantes de una nación no tienen la capacidad suficiente para darle un buen uso a su libertad y por eso hay que instaurar un sistema de vigilancia que, con una autoridad semidivina, observe y decida qué está bien y qué está mal. Esta vigilancia obliga a que todos adoptemos la mirada del vigilante y, por ende, sus parámetros para dirimir entre lo bueno y lo malo, sin cuestionarlos realmente.

Al leer en el informe de la revista Semana sobre las atrevidas chuzadas del DAS (salpicadas de historias como la de Andrea Flórez, presuntamente asesinada en un crimen pasional y/o en un intento por callarle la boca) pienso que el asunto huele a intrigas, a conspiración, a una misión de alguien con licencia para matar, pero sobre todo, con licencia para decidir por nosotros qué es lo bueno y lo malo. Bajo esta lógica, los agentes del Estado hacen lo que sea para preservar el statu quo. El fin justifica los medios.

Se defiende un Estado-Dios, Estado-panóptico que ignora y subestima nuestra capacidad para tomar decisiones. En esa medida, el espionaje no es ético pero es comprensible. Es un claro síntoma de un Estado paternalista que, para dar orden y seguridad, puede apropiarse de nuestro libre albedrío.

Los métodos del DAS son turbios, pero aparentemente garantizan que los personajes peligrosos para el Estado no se salgan de control. Como de entrada se asume que salirse de control es malo, las chuzadas del DAS parecen perfectamente útiles y justificadas. Vivimos en una especie de voyerismo disciplinario que nosotros mismos hemos aceptado para protegernos. Las llamadas chuzadas no son, en esencia, muy diferentes de las cámaras y monitores de los porteros de los edificios. Tranquilamente sacrificamos la libertad de tener una vida privada para asegurarnos un orden.

Libertad y orden, las dos palabrejas que cuelgan sobre nuestro escudo nacional, son un oxímoron para el DAS. Si los colombianos queremos orden, tenemos que canjearlo por un poquito de nuestra libertad. No hay nada humanitario en ese acuerdo. El pensamiento disidente amenaza el orden, pero si no tenemos pensamiento disidente no tenemos libertad. Sin embargo, más del 80% de los colombianos han escogido el ‘orden’ en los últimos años, cansados de una libertad en la que había violencia e injusticia. El problema, claro, es que no hemos cambiado la libertad de tener una vida privada para tener orden; lo hemos hecho para tener vigilancia, control. El problema también es que lo hemos hecho voluntariamente. Por eso el escándalo del DAS no es tan escandaloso. Nosotros escogimos que se chucen los teléfonos, así como mi bisabuela escogió que fuera sólo Dios el que la mirara en la ducha.

Chartas de amor



La ciudad entera, emocionada por lo que se ha llamado “un alcalde que corta con la vieja politiquería que nos tiene jodidos”, mira a Char con ojos de quinceañera. Creo que este enamoramiento se ha dado porque, coquetamente, la administración actual ha hecho un fuerte énfasis en la creación de identidad. El programa de gobierno de Alejando Char, cuando era candidato a la alcaldía, en comenzó con una definición (y una intención explícita de comunicar esta definición): “Una ciudad que le diga a Colombia y al mundo lo que somos: una comunidad abierta, alegre, solidaria, segura y emprendedora, en la que quepamos todos y en la que todos vivamos dignamente.”
Notemos que los adjetivos que se usan para describir a Barranquilla y al alcalde son muy parecidos: abierto/a, alegre, emprendedor/a. El Espectador, en su edición del 8 de febrero, lo llama temerario, fiestero y familiar, valores que todo barranquillero querría tener. Char es un modelo aspiracional: ese empresario-turco-rumbero-casado-con- la- bonita-reina-del-carnaval. Barranquilla y el alcalde se identifican en sus narrativas.
Esta identificación que nos acelera el corazón en realidad lo que quiere decir es que hay un dialogo entre la identidad de la ciudad y la identidad del alcalde. Antes de parpadear diciendo “oh, tenemos tanto en común”, hay que recordar que cada valor tiene un defecto inminente. Aún así, lo importante de este proceso de enamoramiento es que nos ayuda a dibujar y re-establecer nuestra identidad como ciudad. El fuerte desapego al pasado y las constantes migraciones hacen que sea difícil tener una idea clara de la identidad barranquillera y por eso hemos caído en ser eso-que-no-es-Miami.
Barranquilla por mucho tiempo se ha pensado hacia el futuro. En 1962, el alcalde José Raimundo Sojo dijo en La Prensa: “Barranquilla no tiene historia…Barranquilla no tiene pasado. Es una fuerza de vitalidad arrolladora disparada hacia el futuro. Apenas si se detiene a contemplarse en el presente, labrando la miel del progreso en gigantesca colmena de cemento.” No es el primero en decir que Barranquilla es una ciudad sin historia, el mismo himno que la llama “savia joven del árbol nacional”.
Estas identidades perdieron vigencia porque la ciudad ya no es un caserío junto al río o una promesa de progreso, es una urbe ciertamente adulta, que no quiere quitarse los pañales. Hasta el cuento de que somos una ciudad joven es viejo. Es hora de que Barranquilla se piense con apego a su pasado a ver si se cimenta un futuro que no se vea arrastrado por los arroyos.
La idea del patrimonio histórico en una ciudad donde se ha tumbado al menos la mitad del Viejo Prado y donde se reemplazan los árboles de mango por palmeras, está un poco desdibujada en el imaginario urbano. Es interesante, por ejemplo, el esfuerzo de la última administración por rescatar el centro de Barranquilla. Este gesto refuerza la creación de identidad. Entender el centro como un patrimonio cultural y no como un barrizal, es da una sensación de historia y pertenencia que antes sólo asociaba con el Carnaval.
La identificación de la ciudad con el alcalde nos muestra que estamos llegando a un punto en el que existe tal cosa como “unos valores barranquilleros”, que se prolongan hacia el “siempre ha sido así”. Son todas generalizaciones y estereotipos que tienen un valor intangible pero que muestran que la ciudad ha salido de la adolescencia y se está reafirmando como un individuo.

Suena el vals de quinceañero y pienso en mis amigos con su pintica planchada , tan elegantes, tan encantadores, tan Char, y entiendo porque la ciudad se enamora. Eso dice más de la ciudad que del alcalde, nos dice qué nos gusta, qué queremos ser. Entenderlo reafirma la identidad de la ciudad y la ancla. Eso es valiosísimo, incluso si Alex Char nos parte el corazón.

viernes, 27 de febrero de 2009

El ‘show’ debe continuar


Publicado el 13 de febrero de 2009 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.

LO MÁS EVIDENTE ES QUE EL MANEjo mediático de la tragedia en Colombia hace ver a políticos, periodistas y espectadores, como animales carroñeros. Si ya sabemos eso, ¿por qué tratamos las liberaciones como un espectáculo de pan y circo? Tal vez porque nos resulta muy atractivo.
Las imágenes del secuestro se han establecido en nuestro pensamiento cotidiano. Somos nosotros quienes las hemos incorporado a nuestro imaginario, e incluso, creado. ¿Qué nos revelan? Tienen un estilo estético definido, un amarillismo patriótico, tan llamativo como lo fue el barroco en el Mediterráneo. Este último, el barroco, es lo que puede darnos luces (claroscuros) sobre nuestro comportamiento.

El barroco es un estilo de arte que nació en pleno cisma protestante. Los protestantes acusaron a la estética vaticana de ser un poco traqueta y se entregaron a la lectura y la austeridad. Los católicos, conscientes de que sus pueblos estaban llenos de campesinos iletrados, se aliaron con los pintores en la campaña publicitaria más efectiva de la historia: el barroco. Las imágenes del barroco capitalizaron a la Iglesia y motivaron a convertirse a miles de campesinos conmovidos con el cuerpo semidesnudo y apuesto, de Jesús amarrado a un palo. Esta tendencia artística, entre otras cosas, permitió que el cristianismo se regara como verdolaga por el mundo.

Los colombianos tenemos miles de analfabetas, una especial sensibilidad por las estéticas recargadas, y el aprendido morbo católico; hemos adoptado un estilo barroco para nuestras imágenes del conflicto. El período barroco se caracterizó por gran pobreza e ignorancia en las clases populares, y buen desarrollo cultural. Nosotros, como buenos barrocos, tenemos el Hay Festival en una ciudad tan pobre como Cartagena y vemos, con los ojos fijos, como mirando a la cruz, imágenes ante las que cualquiera apagaría el televisor.

Una búsqueda rápida en Google me muestra que predominan tres colores: el blanco tela, el verde monte, y el piel piel; los recién liberados miran hacia arriba como en el éxtasis de Santa Teresa; y los pómulos de supermodelo de Alan Jara recuerdan un Cristo. Aun no siendo todos católicos creyentes, nuestra cultura barroca se ha desarrollado aglomerada frente al cuerpo de Jesús doliente, o una virgen ingridbetancouresca que, con suerte, nos honrará con el milagro de su llanto. Gracias a las liberaciones de los últimos meses, el país se come, goloso, las imágenes de quienes pronto se convertirán en santos locales y/o congresistas.

Tenemos una forma de ser y una forma de mirar barroca. Es nuestro mayor orgullo: gracias al barroco tenemos nuestros edificios coloniales y ese tal realismo mágico que nos hace tan pintorescos. Es nuestro mayor problema: hay una brecha gigante entre el país que queremos ser: una nación moderna, y el país que somos: un país de diferencias sociales y espectáculos. La forma en que los medios de comunicación y los espectadores tratamos las imágenes de los secuestrados es sólo un síntoma de un problema cultural mayor.

El barroco es un modelo anclado en la religión, en la superstición, el ilusionismo, y la incapacidad de formular políticas racionales que le convengan a la mayoría y no a unos pocos privilegiados. Casi que lo mismo puede decirse de Colombia. Este tipo de contrastes que “sólo a un colombiano se le ocurren” nos perfilan como un país que, en sus modelos culturales sociales y políticos, no ha salido de la Colonia.

Nuestro barroco es una forma de pensar tan arraigada que se delata cuando prendemos el televisor o leemos el periódico. Es una forma de pensar que afecta la resolución de nuestro conflicto porque se centra en el espectáculo y no en el debate. En esta forma de mirar son inherentes las diferencias sociales, la injusticia es inevitable, y la guerra conviene, porque esta última es el show, y el show debe continuar.

jueves, 12 de febrero de 2009

Peligroso pop



Publicado el 30 de enero de 2009 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.

HAY UNA CULTURA POPULAR CAracterística de cada país, los ejemplos sobran, pero también hay una cultura popular común a todas: el pop americano.
Este bilingüismo cultural es una de las razones que explican la hegemonía de los Estados Unidos. La principal exportación de este país no son las manufacturas, los productos farmacéuticos o la tecnología, sino el pop. EE.UU. es una máquina maravillosa de producción de cultura en masa: sincretiza elementos de todas las culturas que han llegado a la tierra de las oportunidades, y produce la versión más amable y homogénea posible, digerible y popular como un burrito de Taco Bell, o como el mismo Obama, que tiene un poquito de todo y es el Mac Combo más vendido.
Es imposible no identificarse con Obama porque condensa en un bonito paquete su historia de superación, sus antepasados blancos, negros, inmigrantes, y encarna esos valores estadounidenses que, a punta de alquilar películas en Blockbuster, hemos asimilado como universales: el optimismo, la esperanza, la fe en el progreso, la informalidad y la convicción profunda en la igualdad humana.
¿Cuál es el lado flaco de este espigado y guapo presidente, deportista y rumbero, exitoso en el trabajo y dedicado a su familia, el partido perfecto, el hombre de mis sueños? Me contesta Semana, que dice que Obama puede ser todo lo trofeo-de-sala que yo quiera, pero igual la tiene negra: “La herencia de Bush y los retos que debe enfrentar sugieren que, salvo que se produzcan auténticos milagros, su luna de miel será corta. (…). Obama será el primer presidente negro, pero eso no le bastará para entrar en la historia. Tendrá que demostrar, en medio de un mar de adversidades, que sus promesas se pueden hacer realidad”.
Estoy de acuerdo. Su encanto no basta para solucionar los problemas del mundo; sin embargo, le basta y le sobra para pasar a la historia. Su despliegue mediático, su discurso no polarizado, y su empaque tan amable hacen del nuevo presidente un personaje pop irresistible. Ese carisma, típico de todos los grandes líderes nos tiene embobados, pero en la época de la explosión mediática es más útil que nunca. No importa en realidad si la logra o no, si es un buen presidente o no, la evidencia pragmática pasará a un segundo plano, porque nadie es objetivo frente al pop.
La cultura pop se ha vuelto parte de nuestra vida diaria, y esta omnipresencia le da un poder político fuertísimo. La voz del pueblo es la voz de Dios. Y la voz del pueblo es nada más y nada menos que el pop. La aceptación universal de Obama es síntoma de un mundo globalizado que cada vez es más homogéneo y que ha asumido los valores americanos, los buenos y los malos: el individualismo desenfrenado, y el consumo masivo. La amabilidad pop de Obama no lo hace menos americano que Bush, pero sí hace que sea difícil no tragar entero su discurso.
La arenga chavista contra “el imperio” es desproporcionada y mamerta, pero nos recuerda que el sueño americano es, efectivamente, el sueño americano, no el sueño venezolano, ni el colombiano, ni el japonés. Ahora, como Chávez no es tan cool como Obama (peor aún, es calentano —para molestia de Cristina de la Torre—) yo descarto su advertencia. De repente me parece que el sueño colombiano es el mismo que nos promete Obama en su discurso. Su imagen como producto de consumo es tan contundente que uno le cree antes de que emita palabra y eso nos hace terriblemente vulnerables.
El poder de Obama no es la presidencia del país más poderoso del mundo; es todo su paquete estético. Lo que puede hacer Obama para salvar el mundo, probablemente es poco, ya muchos han dicho que los problemas son grandes y él es sólo una persona. Pero no. No es sólo una persona. Es también un ícono pop, un producto de consumo, y eso y no su excelencia es lo que lo inscribe en la historia, y la afecta, con el consentimiento, o no, de todos. Sus más fuertes opositores pueden esbozar cualquier argumento racional y la cultura popular lo seguirá mirando como si fuera una Coca-Cola helada en medio del desierto. El fenómeno de Obama no será infalible pero nos muestra el nacimiento de una política-pop (¿una pop-lítica?), en la que la percepción es más importante que la verdad, y eso, eso es un peligro.

sábado, 7 de febrero de 2009

Love's gonna get you down


http://www.passion-paris.com/flash.html#page=d69&video=v549
La animación es lindísima, el mensaje es cruel, la recomendación es de Antonio.

sábado, 31 de enero de 2009

Harry Potter y la conspiración zionista


Este documental salió al ire en el canal de noticias iraní IRINN en diciembre, y hace poco se tradujo y se publicó en la página web del Jerusalem Post. En el video se comenta cómo el universo de Harry Potter es en realidad una cospiración zionista que, desde el Kaballah, busca convencer a mentes jovenes para unirse al Zionismo Global (¿?). "Ya que no hay una forma fácil de alejarse de la brujería es mejor unírsele." (Buen punto).

viernes, 30 de enero de 2009

Bobo el que se deja


Publicado el 16 de enero de 2009 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.

AL ENTERARSE DE QUE PATRICIA Ariza, directora de la Corporación Colombiana de Teatro, está acusada de agitar masas para el PC3 de las Farc uno piensa que es una broma.
Más aún cuando entre los argumentos que aparecen en la investigación de la Sijín se incluye que fue hippie y nadaísta, que estudió filosofía y artes, y que fue parte de la Juco. Sus procesos intelectuales y su posición de izquierda son, para los investigadores, un sospechoso pasado, al igual que las actividades sociales que realiza. Se sugiere, en la investigación, que tiene un plan para echarle encima al Gobierno un ejército de ancianas, niños abandonados, y raperos.
La estupidez de este informe de inteligencia sería más chistosa si no fuera porque, a veces, este tipo de investigaciones terminan con el acusado muerto. Un hecho así ocurrió el 17 de septiembre de 2004 en Barranquilla. Meses antes, el profesor Alfredo Correa D’Andreis fue acusado, por tres reinsertados, de dictar conferencias a los guerrilleros. Las tres declaraciones se sustentaban en unas fotos supuestamente tomadas en la Sierra Nevada, en días en que alumnos y profesores vieron a Correa dictando clase y en el cumpleaños de su hija, en Barranquilla. Correa era un hombre pacífico hasta niveles caricaturescos, aún así lo balearon en la calle, pocos días después de ser exonerado.
De lo que se acusa a Patricia (al igual que a Correa) es de “adiestramiento ideológico”. Este crimen es de tan difícil delimitación que me hace preguntar si no somos todos, en alguna medida, adiestradores o adiestrados. Sobre todo, me pregunto por qué los adiestradores siempre opinan en contra del Gobierno: Ariza y Correa son intelectuales comprometidos con la izquierda. Me lo pregunto porque entre diferir con el Gobierno y ser su enemigo, entre opinar y adiestrar, se supone una brecha muy grande. De hecho, si este es un Estado democrático, los disidentes deben considerarse sus principales aliados, porque el encuentro de opiniones diferentes es lo que permite el ejercicio democrático.
El adiestramiento, que se asume más usual con los perros que con los humanos, requiere, como lo enseñó Pavlov, estímulos negativos y positivos sencillos. Si usted hace esto tiene una recompensa (irse de vacaciones en su Twingo) y si no, un castigo (ser investigado por la Sijín). El adiestramiento se hace también por medio de la repetición hasta la náusea de un estribillo. Ante eso, uno podría pensar que RCN (o Radio Casa de Nariño, como la llaman muchos grafitis) es culpable de adiestramiento ideológico. Y bueno, si el adiestramiento ideológico es sencillamente expresar apasionadamente una opinión, también está en vainas Juanes, orgullo nacional y líder de un emporio de camisetas.
A menos de que se cuente con una infraestructura digna de campos de concentración, terapia de electrochoque o la malicia de una buena esposa, el adiestramiento ideológico se reduce a expresar de forma convincente una opinión política. Siendo así, para prevenirlo, no se necesita la cárcel sino una capacidad de análisis mediana y sentido común; después de todo, se asume que los humanos, a diferencia de los perros, pueden escuchar algo y formarse sus propias conclusiones.
La pereza mental, entonces, es la que permite el adiestramiento. Lo curioso es que uno de los objetivos del arte y de la educación es hacer que la gente piense; las actividades artísticas y académicas estimulan nuestra capacidad de análisis. Siendo así no sé cómo es que Correa y Ariza lograrían adiestrar a alguien. Probablemente expresaron su opinión con vehemencia, pero a eso tenemos derecho todos, ¿no? Si alguien decidió creerles no es culpa de ellos, como no es culpa de Uribe que la gente crea a pie juntillas en la Seguridad Democrática. El responsable del crimen no debería ser el adiestrador sino el bobo que se deja.

viernes, 16 de enero de 2009

Algo más que un sánduche para Jerónimo


Publicado el 2 de enero de 2009 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.

LEÍ CON GRAN SORPRESA LA ENTREvista que le hizo El Tiempo a Jerónimo Uribe sobre la incertidumbre de la reelección.
El joven Uribe no parece estar tan preocupado por la decisión de su padre; antes, repite con vehemencia, que el presidente no aspira a un tercer mandato. Esta insistencia es la que me sorprende, sobre todo* porque Jerónimo dice que nunca le ha preguntado a su padre si piensa volverse a lanzar, y que él, como todos en este país, encuentra sus respuestas en la interpretación de las acciones del Mandatario: un oficio meteorológico, difícil por el carácter tempestuoso de nuestro Presidente.
Sabemos que doña Lina quiere mudarse de casa, y por la entrevista a su hijo menor, él también parece querer irse a vivir a un apartamento, y lo dice muy fácil, como si esta mudanza no requiriera un nuevo hogar con un gran sótano donde guardar el equipaje político de su padre. Lo expresa de forma tan sencilla que concluye que su plan maestro es prepararse un sánduche el 8 de agosto del 2010 (es la única comida que sabe hacer solito).
Aunque blandas y esquivas, las respuestas reafirmaron lo que queremos muchos, que el Presidente se retire, eso sí, ojalá no lo haga para montar una U-niversidad, como nos anuncia Jerónimo que es uno de sus planes. Tan reafirmante fue el joven Uribe que casi le creí. Pero una cosa es lo que dice el niño y otra los hechos, que, como señala María Jimena Dussán indican que el Presidente sí quiere la segunda reelección.
¿No advierte Jerónimo que los hechos contradicen sus palabras? ¿No duda porque le da lo mismo poder hacerse su sánduche o pedirlo a las cocinas de Palacio? ¿Es porque es tan crédulo como somos la mayoría de los colombianos? ¿O porque la familia presidencial está decidida a hacernos creer que Uribe no se vuelve a lanzar?
El Presidente no da ninguna contestación, mientras todos le miramos su poco trasparente cara, como si fuera una mística bola de cristal en la que podremos interpretar la respuesta. Uribe ya no tiene a su favor el crecimiento económico de Latinoamérica, ni el apoyo de Bush, coyunturas que colaboraron a la buena fama de su administración. Su reticencia a dar respuestas claras pone nervioso hasta al más intenso furibista.
Dicen que la inteligencia camina por la sombra y que los hombres astutos, en vez de anunciar lo que van a hacer, simplemente lo hacen. Según Carlos Ferro, presidente del Partido de la U, Uribe sólo se pronunciará cuando el proyecto del referendo esté totalmente aprobado en el Senado, es decir, nos esperan seis u ocho meses de incertidumbre en los que Jerónimo soñará con ir a hacer mercado en su carro y prepararse un sánduche, y el resto de Colombia pondrá de cabeza el santo de su predilección para que Uribe se lance, o no se lance.
Sabiamente, el menor de los Uribe dice que si el Presidente no expresa que se postula, él asume que no lo hará. ¿Qué pasaría si todos, simplemente, asumiéramos que no nos espera una dictadura y siguiéramos adelante con nuestros planes de vida sin darle importancia a los gestos y guiños del Presidente? Quién quita que de verdad tenga poder el pensamiento positivo, y que, si dejamos de preocuparnos por sus declaraciones, el país deje de estar a merced de los caprichos de un solo Señor y tome su rumbo independiente. Si algún candidato quiere tumbar a Uribe, debe comenzar una campaña agresiva, convencido, como Jerónimo, de que el Presidente se mudará de su actual residencia en 2010. Dejemos de esperar a ver qué decide Uribe y hagamos cosas. Es más, yo me ofrezco a prepararle al delfín una comida más sustanciosa, siempre y cuando no sea en las cocinas de la “Casa de Nari”.

*El sobretodo
Esta insistencia es la que me sorprende, sobretodo porque Jerónimo dice que nunca le ha preguntado a su padre.... Catalina Ruiz Navarro, El Espectador (09-01-02).
La juventud de hoy en día, doña Catalina, no usa sobretodo, aquí debe ser en dos palabras: “sobre todo porque Jerónimo...”.
Gazapera, 6 de enero de 2009.

viernes, 2 de enero de 2009

Un motivo para brindar

Publicado el 19 de diciembre de 2008 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.

MI PRIMERA REACCIÓN CUANDO EScuché comentar a Gossaín, en su editorial del martes, que varios congresistas consumían licor mientras se debatía el proyecto de ley en favor de las víctimas del conflicto armado, fue sumarme a su indignación.
Entonces me di cuenta de que era la primera vez que no me divertía una historia como ésta, tan apropiada para las festividades decembrinas. El proyecto de las víctimas seguro que no se distinguía por sus frases ingeniosas o su exposición amena y los miembros de la Cámara debían estar cansados. ¿Será que yo, de haber estado ahí, habría rechazado el whiskicito?

¿Por qué no van a tomar los parlamentarios si en Colombia tomamos cuando perdemos, ganamos o empatamos? El trago lo tenemos metido en los cimientos más hondos de nuestra historia. A la chicha, entre otras cosas, le debemos importantes sucesos de la vida nacional: se sospecha que el estallido de independencia del 20 de julio fue posible gracias a una muchedumbre enardecida por el trago, como la que lanzó machetazos enloquecidos el 9 de abril.

Definitivamente preferiría que los congresistas tomaran decisiones y no trago, al menos mientras están trabajando, pero más que indignarme me pregunto cuál es la razón que animó a los parlamentarios a tener este comportamiento y no poder aguantarse a llegar a sus casas para no hacer semejante oso. La respuesta más evidente es la inmadurez de nuestros congresistas, que querían pasarse de chistosos, pero también hay que tener en cuenta que han tenido unos días muy estresantes.

Dice La FM que “Según Guillermo Rivera, la exaltación y la furia durante su intervención se debió a que ésta, según sus compañeros, dilataría mucho más la discusión de los proyectos de ley que antecedían a la del referendo”. El martes se vencía el plazo para aprobarlo y estaba bastante empantanado. Dice la revista Semana que el Gobierno empezó a meter una fuerte presión desde el sábado para que se aprobara. Si yo fuera parlamentario pensaría que todo eso amerita un whisky. Los hilos del poder los tenían del cuello. Tanto así que el referendo tocó aprobarlo en horas extras, a riesgo de que Uribe se quedara sin aguinaldo. Si esta era la razón para estar tomando, me parece comprensible.

Cualquier razón, de hecho, me resultaría comprensible, pero preocupante. Primero porque tomar a escondidas siempre es de mal gusto; y segundo, porque lo que decidieron me afecta a mí directamente como colombiana, y dudo mucho que si resultan ser malas decisiones nos vayan a brindar un whiskicito para no tragar en seco. El suceso del lunes quedará en lo anecdótico, pero nos deja la pregunta de qué tanto de nuestra política está pasada por whisky, más aún cuando muchas de nuestras leyes parecen dictadas en letra pegada.

¿Por qué tomaban los parlamentarios? ¿Pidieron el trago a través del Correo de la noche? ¿Se lo tomaron en pocillos de tinto, y sin hielo? ¿Brindaban en contra o a favor de la ley de víctimas? ¿Tal vez porque ninguno de los proyectos les importaba lo suficiente para debatirlos con lucidez? Tal vez simplemente lo hicieron porque tienen la justificación étnica de ser colombianos, o porque las pocas horas de vida que tenía la aprobación del referendo eran un problema que el Gobierno debía solucionar y, como dice Villazón, “todo todo se puede arreglar, todo todo, gracias al Old Parr”. Cualquiera que haya sido el motivo de los parlamentarios para brindar, espero que al abrir la botella hayan echado un trago por los muertos (particularmente por los de Soacha).

jueves, 18 de diciembre de 2008

Jordania no es Pasión



Publicado el 5 de diciembre de 2008 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.

EL PROBLEMA DE LA MALA PRENSA internacional es común a muchos países del tercer mundo. No es gratis: del tercer mundo han salido terroristas, traficantes de drogas y violadores de derechos humanos, por mencionar unos cuantos.

Una estrategia de estos países ha sido lanzar campañas de publicidad positiva para cambiar su imagen. Nosotros tenemos Colombia es Pasión y Jordania tiene a su reina, Rania, quien en marzo 27 de 2007 lanzó su canal (youtube.com/QueenRania) y ha publicado videos diariamente.

Al igual que Colombia es Pasión, la reina hace énfasis en los logros de Jordania y las posibilidades turísticas que tiene. Sus videos han probado tener tal efecto en el público que la reina ganó el 22 de noviembre el premio al Visionario, otorgado por YouTube. Por el mismo medio, nosotros, tenemos montado un video totalmente adorable de un niño que cuenta que Camilo Villegas tiene soch an impecabol suing, pero no hemos sido tan influyentes en la opinión de esta comunidad.

Las diferencias de las dos estrategias son grandes. El propósito del canal de Rania es desmontar la popular ecuación árabe=musulmán=terrorista por medio de videos que muestran las vidas de personas musulmanas que no son terroristas y que están en desacuerdo con la violencia del mundo árabe. El propósito de Colombia es Pasión es convencer al mundo de que como tenemos tanta playa linda, la violencia del país se compensa.

La ecuación que quiere desmontar Rania es parecida a muchas otras generalizaciones que nos afectan, como latinoamericano=colombiano=narco. La diferencia es que Rania combate la generalización mostrando individuos y nosotros lo hacemos con otra generalización: que Colombia es un pacífico paraíso tropical lleno de gente sonriente y hospitalaria. Todos sabemos que aunque tanta maravilla sea cierta a uno igual le roban la billetera. La generalización llega hasta el punto de decir que aquí la palabra para extranjero es amigo, pero ese cambio semántico yo sólo lo he oído en los jíbaros de las playas cartageneras cuando se dirigen a algún gringo.

Los videos de la reina son bastante sensibleros, pero son efectivos porque muestran testimonios. El principal peligro del estereotipo musulmán es que los percibimos como una gleba parda que camina hacia nosotros para destruirnos, una masa sin individuos sumida en el fundamentalismo. Al mostrar historias de personas reales se crea una conexión directa con el espectador que aprende a no emitir generalidades tontas.

Otro punto a favor de la reina es que YouTube es una comunidad dada a la interacción: todo video genera discusiones que ayudan activamente a desmontar los estereotipos. Hace poco Rania dijo en el Show de David Letterman: “La sospecha, la intolerancia y la desconfianza nos están separando. Somos más fuertes cuando escuchamos y más inteligentes cuando compartimos, y esto es lo que más me gusta de YouTube, que es una herramienta que nos permite ser partícipes activos de esta conversación. No digo que un video puede cambiar el mundo, pero puede cambiar algunas mentes, y ahí es donde el cambio comienza”.

YouTube ha mostrado ser una excelente herramienta para hacer política porque se sostiene en la libertad de expresión y el libre acceso a la información y a través de este medio Jordania lidera una nueva forma de hacer política de la imagen para los países del tercer mundo. Hacer publicidad positiva no se trata de tapar el sol con un dedo, sino de mostrar argumentos creíbles y crear conexiones emocionales. Ante la iniciativa de Rania, Colombia es Pasión se convierte en un brochure, y un brochure no cambia nada

jueves, 4 de diciembre de 2008

Sacar pecho


Publicado el 21 de noviembre de 2008 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.

COMO DE TELENOVELA DE MEDIOdía está la disputa entre el magistrado Rafael Vélez y el novio de su hija, David Daniel Torres, publicada el 12 de noviembre en este periódico.

El joven de 18 años contó, pañuelo en mano, cómo su novia había quedado embarazada y el malvado suegro la había obligado a abortar. Suena en el fondo una salsa romántica y, David Daniel, con su cara de niño y su alma de hombre, dice que él quería responder; el magistrado Vélez dice que es un joven mitómano que no es suficientemente bueno para su hija.

El caso fue comentado apasionada, y casi exclusivamente por terceros que seguro conocían a los protagonistas de la historia. “Lo que está haciendo es para perjudicar a la familia de la jovencita. De pura maldad. Todo esto es para que se den cuenta lo endemoniado que está”, dice Juan15. Darío Vélez, otro comentarista, dice: “No entiendo cómo es que la redacción judicial da crédito sin más a un personajillo que es un reconocido vago, no hace verificaciones adicionales con la clínica o médicos supuestamente involucrados y de manera irresponsable publica su versión”.

No tengo pretensiones salomónicas, no puedo saber quién tiene razón, pero sí puedo señalar una cosa: la niña adorada parece que no ha dicho ni mú. Ella debe estar muy asustada y hasta castigada, mientras su papá y su novio se dan golpes de pecho, el uno contra el otro, y por eso ni su nombre se menciona en el artículo.

Cierto o no, en Colombia muchas jovencitas son obligadas a abortar para no “tirarse la vida”, como si ellas no fueran capaces de decidir lo mejor para ellas y necesitaran de una figura de autoridad que les diga qué hacer. Obligar a abortar a alguien es tan malo como prohibirle hacerlo. Quienes defendemos el aborto lo hacemos porque creemos que la mujer como individuo puede tomar decisiones sobre su cuerpo. Legalizar el aborto es una forma de darles a las mujeres la posibilidad de elegir, posibilidad que hemos ganado poco a poco gracias al feminismo.

Los movimientos feministas, a lo largo del siglo XX, han permitido a las mujeres afirmarse como personas con iguales derechos a los hombres, derecho a elegir poder ser reina de belleza o ejecutiva castrante, pero poder elegir. Por eso es sorprendente que muchas mujeres ante las preguntas ¿te gusta tener derecho a votar? ¿te parece bien que sea ilegal que los maridos violen a sus esposas? contesten “Sí”, mientras que ante la pregunta ¿eres feminista? muchas oyen ¿eres fea? y contestan “No”. Tal vez ser feminista simplemente se trata de que cada mujer se haga responsable de su cuerpo y de su persona y no viva en una perpetua minoría de edad por no tener huevas.

Me gustaría que quienes estén en la situación de la hija-de-Vélez-novia-de-Torres presenten su problema con nombre propio y no le entreguen sus vidas a otro que “sabe qué es lo mejor para ellas”. Es innecesario que el papá y el novio inflen el diafragma para defender a la susodicha, como un par de gorilas antropomorfos. Las que sacan pecho deben ser ellas, las innombradas, no sólo porque es su derecho, sino porque sacando pecho vivimos mejor.

Positivo

Publicado el 7 de noviembre de 2008 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.


POSITIVO HA SIDO EL CONCEPTO Y la palabra más usada en noticieros, periódicos e internet durante la última semana.

Positivo es el panorama mundial frente a la elección de Obama. Dice Michal Kobosko, columnista polaco, que vinieron a su mente felices canciones pop (de ABBA) cuando fue claro que Obama era el nuevo presidente de los EE.UU. Takashi Yokota cuenta que en Japón se incorporó el mantra obámico del cambio en la cultura popular. Mikahail Fishman, en Rusia, comenta que el cambio de administración trae nuevas perspectivas para su país, Selcuk Tepeli dice que en Turquía hay optimismo en el aire, como si hubiera llegado la primavera y, bueno, Alex Milberg, corresponsal de Newsweek en Argentina, dice que el país está más preocupado por la elección de Maradona como técnico de la selección.

Positivo es el mensaje de Obama: “Sí podemos”, “el cambio que necesitamos”. El asunto suena un poco a televentas pero todos lo hemos creído, tal vez porque el nuevo presidente encarna una cantidad de cosas que queremos para el mundo: igualdad, diversidad, inteligencia —buen gusto—. Si Obama nos defrauda o no, no es el punto, pues lo que su campaña ha hecho ha sido generar un cambio de actitud a nivel mundial. Un cambio hacia una actitud optimista, incluso hoy que los mercados de la bolsa caen como si fueran “Las Torres Gemelas II”.

Es bien probable que pronto veamos efectos palpables. A veces hay que creer para ver en vez de ver para creer. ¿Pura Programación Neuro Lingüística (PNL)? Sí. Los expertos en esta área dicen que si sonríes el mundo sonríe contigo; por eso pensar positivo trae consecuencias positivas

No me extrañaría que alguien en las FF.MM. colombianas se hubiera leído un libro de PNL y hubiera considerado que se estimulaba a los soldados con la palabra correcta: positivo. Positivo, que en este caso significa “cierto”, no suena tan mal. Aunque la palabra no se usa como un antiséptico eso termina siendo, porque le quita crudeza a los hechos a los que se refiere. Es extraño cómo una misma palabra puede esconder algo maravilloso y algo horrible, una palabra tan fácil de creer y feliz de escuchar como “positivo”.

Me parece muy curioso que el concepto y la palabra inundaran los medios la semana pasada. Me asusta un poco porque recuerdo que las arengas del Gobierno colombiano alguna vez tuvieron que ver con el cambio (ahora tienen que ver con la permanencia) y todo el discurso tuvo un giro semántico en el que un 84% apoya a este gobierno tan positivo, aunque positivo (o falso positivo) signifique hacer ejecuciones por parte del Estado.

Ser positivo es pensar que este es el mejor de los mundos posibles. ¿Quiere decir eso? ¿Ser ciego, resignado, o realista? No lo sé. Optimismo es una palabra peligrosa, y hay que recordarlo cada vez que alguien celebre una actitud positiva. Una cosa es usar una palabra para cambiar lo que pensamos, y otra para suavizar la realidad. Hay que estar alerta, para que lo positivo sea una actitud, y no un eufemismo.